viernes, 27 de enero de 2023

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Hoy amanecí mejor. Será porque el sol brilla. Desayuné con apetito. Le pedí a José que me preparara la yegua y aquí estoy, esperándola. Ya le avisé al capataz que quiero hablar con él. Observé algunas cosas que no me gustaron. Cuando el gato no está... decía la abuela. Hay cosas que a Juani se le escapan. Él solo no puede con todo. Escucho el relincho de la Colorada. Me calzo las botas. Salgo.

Vi en el diario cuándo y dónde te enterraban. Pero por evitarle más dolores a Magda no fui. Me hubiera gustado abrazar a tus hijos.

Muchas veces me pregunté en esos primeros días cómo habría imaginado Magda que moriste, dónde. Qué versión le habría dado a los suyos. A los tuyos. Difícil lo mío pero aún más difícil lo suyo. Aunque lo más difícil es lo tuyo. Definitivamente. A ambas nos queda la posibilidad de decir basta si no aguantamos más. Vos no elegiste. La vida se te escapó. Mañana digo basta[1] escribió la Bullrich.

Juani, por supuesto, se enteró de mi reunión con el capataz. Apareció dando cualquier excusa. Todos necesitamos sentirnos imprescindibles. Perejil de todo guiso. Le hubiera pellizcado los cachetes. ¿Yo prescindir de Juani? Como prescindir de mi sombra. De mi luz en realidad. Mientras tomábamos mate, de la nada me preguntó ¿quién se va a hacer cargo de La Victorica cuando nosotros no estemos? Me sorprendió, vaya si me sorprendió. Recién habíamos perdido a la abuela, ¿cómo suponer que también nosotros desapareceríamos? ¿Alguno de tus hijos? pregunté. Me miró con algo que no supe discernir si era fastidio o desilusión. ¿Mis hijos?, parece que no los conocieras; bichos de ciudad, no sé qué hice para que odien tanto al campo. Me quedé reflexionando. Quizá sintieron que el campo les robó al papá digo al fin. Juani se encogió de hombros y ladeó la boca. Puede ser, pero gracias a eso pudieron ir a estudiar a Buenos Aires; a veces me parece que se avergüenzan de mí, soy un palurdo; ellos se codean con otro tipo de gente.  Me llegó aguda la culpa. Yo también me había avergonzado de la abuela. ¿Y los hijos de las chicas? quise desviar la conversación. Juani sacudió la cabeza. No hay uno que sirva para esto sentenció. Harina de otro costal hubiera dicho la abuela. Y también recordé sus reflexiones sobre las distintas generaciones. ¿Y los sobrinos nietos? pregunté. Tendremos que estar atentos dijo. Y otra vez recurrí a la abuela al pensar y llevar agua para nuestro molino.

Dos semanas después de tu muerte me llegó un mail. Si escuchaste el retumbe de mi corazón al abrirlo te habrás dado cuenta de que era de Magda.



[1]"Mañana digo basta", novela de Silvina Bullrich.

 

miércoles, 25 de enero de 2023

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Me crucé con Juani en el gallinero. Por supuesto, estaba enterado de nuestra reunión. Puso cara de compungido y protestó me dejaron de lado. Aunque lo dijo como broma sé que le dolió, lo conozco bien. Perejil de todo guiso le decía la abuela. Tendremos que hacer una salida de hermanos, los cinco dije sin pensar. Los ojos le brillaron. ¡Eso!, ¡ya me pongo en campaña! exclamó pero nada de cuñados, son todos unos plomos agregó largando la carcajada. Recién me llamó Ana solicitando mi opinión, quieren ir a San Pedro. Me dio ilusión. Me da ilusión.

Doblé toda tu ropa. Por un lado la limpia, por otro la usada. No voy a lavarla. Quiero que conserve tu olor. Me costó que entrara en el bolso. Ocupan mucho espacio los zapatos y el pantalón. Abro el bolsillo del bolso para guardar los artículos de perfumería. Encuentro un paquetito envuelto para regalo. Lo abro. Es un anillo. Lo observo. Es el anillo que me regalaste cuando cumplimos un año de novios. Un anillito de plata. De Belgiorno. Me acuerdo porque me quedaba grande y tuvimos que ir a cambiarlo a la avenida Santa Fe. Te lo devolví, ofuscada, cuando me abandonaste. No lo acompaña una tarjeta. Busco de nuevo en el bolsillo. Nada. Me quedé sin tus palabras. Me lo pongo y recupero entonces la que me escribiste una vida atrás al entregármelo. Siempre.

A la mañana fui a supervisar la construcción de otro corral. Pronto llegarán los nuevos cerdos que compramos.  Los postes de quebracho duros, firmes. Brillantes. El alambre grueso, bien tenso. Quedó hermoso. La tarde transcurrió entre mensajes y llamadas. Difícil para cinco ponerse de acuerdo. Cinco hermanos para colmo. Avanzan los planes. Avanzan.

En cuanto amanece, sin haber pegado un ojo, me visto y reviso minuciosamente la habitación. No puedo perder nada. Cierro la puerta cargando tu bolso y el mío. La chica de la recepción nuevamente me dice lo lamento. Si alguna vez creyó que era tu mujer habrá descubierto su error. Las viudas se ocupan de velorios y entierros. Me miro la mano. Siempre.

En esas horas que pasamos juntos, todo el tiempo abrazados, también conversamos mucho. Más del mundo que de nosotros. El tono de nuestras charlas semejaba el de nuestra juventud. Entre las sábanas desfilaron política, economía, literatura, música. Agronomía sustentable. Pesticidas. Fertilizantes. Todo lo que nos había cautivado seguía haciéndolo. Por eso, más allá de la piel, seguíamos cautivándonos. Me sorprende, ahora, recordar cuántas cosas me interesaban. ¿Volverán a interesarme? ¿Lograré alguna vez volver a pensar en algo ajeno a vos?

lunes, 23 de enero de 2023

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No sé cuánto tiempo dormí. Me despierto muy transpirada. Húmeda hasta la ropa interior. Me desnudo. Qué tremenda tristeza. Me desnudo y no es para vos. Me desnudo sin vos. Voy al baño. Varias toallas mojadas. Busco una seca. Me ducho largamente. ¿Por qué habría de salir?, ¿para qué? Hacía solo unas horas nos bañábamos juntos. Salpicándonos, riéndonos como chiquillos. Finalmente salgo. Recuerdo el camisón en mi bolso. Me lo pongo. Qué absurdo, sola y con encajes. Me peino. Vuelvo al dormitorio. Hago la cama. Estiro las sábanas con precisión. Aprendí de mamá. Ella era impecable haciendo camas. Acomodo las almohadas. Me doy cuenta de que tomé sin darme cuenta de que la tomaba, la decisión de pasar la noche acá. Mi última noche con vos. Con lo que queda de vos. Tu olor. Tus cosas. Tus cosas. Pero yo guardo sus cosas. Su ropa envuelta en papel azul, en cajas de cartón, con bolsitas repletas de lavanda. ¿Para qué? No sé. O sí. Para algo horrible: para decir -¿decirle?- que yo  tenía razón, y que después no hay nada, pero que igual lo guardé todo. Para decir -¿decirle?-: “Aquí está lo que alguna vez fue tuyo: tus cosas, yo”.[1]

Ya regresé a casa. Hablamos de López, claro. Se habrá revuelto en su tumba. A Marisa, allá por sus doce, la hurgó entre las piernas mientras la ayudaba a subir al caballo. La vergüenza que sintió cada una fue la vergüenza de las cuatro. La víctima haciéndose cargo de la vergüenza que debería experimentar el agresor. Nos preguntamos juntas cómo los adultos no se dieron cuenta de nada. Marisa nos contó que por meses no quiso andar a caballo. Ana tenía miedo de salir de noche. Adriana se volvió agresiva. Yo no tenía novios. ¿Nadie se cuestionó los por qué? Las tres, sin hablarlo entre ellas, coartaron la libertad de sus hijas. Ana contó que mamá le decía dejalas, pobres. Pobres nosotras cuatro. Yo llevé la peor parte. De lo ocurrido, pero sobre todo de sus consecuencias.

Busco tu bolso y lo abro. Calzoncillos y medias limpios, una remera, un suéter. Remedios para la presión y para el colesterol. Qué poco supe de vos. De tu cotidianeidad. De tu salud. ¿Estabas enfermo y no me lo advertiste? Voy al baño y encuentro tu desodorante. Axe. Apollo. Lo acciono en el aire y te huelo. Ahora Sabina, ¿qué me pasa? Yo no quiero cargar con tus maletas/Yo no quiero que elijas mi champú/Yo no quiero mudarme de planeta/Cortarme la coleta, brindar a tu salud.[2] No es cierto. Yo hubiera querido todo eso. Yo no quiero domingo por la tarde/Yo no quiero columpio en el jardín. Quizá vos no querías eso de mí porque ya lo tuviste, porque lo tenías. Lo que yo quiero corazón cobarde/Es que mueras por mí/Y morirme contigo si te matas/Y matarme contigo si te mueres/Porque el amor cuando no muere mata/Porque amores que matan nunca mueren. Busco la canción en el celular. La escucho indefinidamente. Me estoy volviendo loca. Y morirme contigo si te matas/Y matarme contigo si te mueres. Cómo haré para seguir viviendo.



[1]"Tus cosas", texto de Leila Guerriero.

[2]"Contigo", canción de Joaquín Sabina.

 

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  La otra noche, mientras charlaba con mis hermanos, descubrí que ya no quería morirme. Porque muchas veces desde que te fuiste pensé que ...